Bienal de Venecia 2026: In Minor Keys I
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Autor: Pedro Medina
MAYO/2026
Bienal marcada por el fallecimiento de su directora, Koyo Kouoh, un año antes de la inauguración. Su equipo ha culminado este proyecto centrado en las "tonalidades menores".

Alfredo Jaar. Foto: Pedro Medina
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Salvatore Settis advierte en 'Si Venecia muere' una condición de la ciudad italiana que señala su grandeza y trascendencia: «Venecia es una “máquina de pensar”, una caja de herramientas conceptual para pensar la “idea de ciudad” (…) Mirar Venecia pensando solo en Venecia es engañoso: los procesos que allí se desarrollan (…) se encuentran idénticos también en otros lugares (…) Por eso, lo que sucede en Venecia exige una vigilancia especial como síntoma y laboratorio del destino de las ciudades históricas».
En esta afirmación hay resonancias a Le Corbusier y su 'machine à habiter', expresión con la que define la casa. Además, en ella se encierra la capacidad de la ciudad italiana para pensar desde ella y, sobre todo, para pensar el mundo, especialmente en sus facetas más fascinantes y frágiles.
Además, el contacto con esta ciudad desvela un lugar desde el que dialogar con el otro. Así lo percibió Rilke, quien la consideraba un modelo para ser europeos, que consiste en recibir la alteridad para construir la interioridad, como aparece en su poema La isla.
Sin olvidar a Julián Marías, quien reconocía que, a través de ella, «se puede vivir en perpetua dilatación del alma», gracias a estar siempre expuestos a encuentros inesperados.
Estos testimonios nos señalan su excepcionalidad, que tiende a lo infinito desde lo limitado, y a su condición de frontera, desde la que exponerse a conflictos, pero también a las maravillas que la serendipia traiga.

Carolina Caycedo. Foto: Pedro Medina
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Está claro que el luto por Koyo Kouoh, fallecida hace un año, sobrevolaba la Bienal y, hasta cierto punto, esto marca un deseo de superación en muchos sentidos. En efecto, desde la declaración inicial se invita a relajarnos y a que “la música continúe”, ofreciendo un “archipiélago de oasis, jardines, patios… portales, que renuevan y nutren, promueven que avance el concepto y la forma, activando relaciones”. Y para ello declaran que la propuesta es “poética” y una “experiencia sensorial, no didáctica”.
Se puede imaginar que con estas “tonalidades menores” se busca dar protagonismo a quien realmente no lo tiene y a crear una “partitura colectiva”. ¿Pero logra ser realmente armoniosa? Responderemos luego. De momento veamos las propuestas más destacadas del Arsenale.
La poesía -literalmente- da inicio al recorrido con el “If I must Die” de Refaat al-Areer, e irán apareciendo otros textos que jalonan discretamente el recorrido, con especial relevancia de Toni Morrison.
Pronto se empieza a apreciar que hay una exigencia al espectador: la demora para dedicar tiempo a instalaciones sonoras, olfativas y a piezas de vídeo de corte documental (muchas de ellas en torno a 20-50’), aunque aquellas más instalativas, como la de la mecanización de la industria de las flores, por parte de Éric Baudelaire, o las semillas de Carolina Caycedo, merecen la pena. Es fácil imaginar que en los días del pase profesional -aunque incluso había escuelas- no se daban las condiciones para apreciar una propuesta que reclama otro tipo de atención.

Sandra Knecht. Foto: Pedro Medina
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Las cartelas tampoco ayudaban mucho, ya que con frecuencia un mismo artista tenía varias instalaciones, aunque no era muy evidente que así fuera. Tampoco lo era el cambio de color de las cartelas. Sin embargo, si se dedicaba el tiempo suficiente o te acercabas a alguna de las personas que hacían de mediadores, empezabas a descubrir que lo artesanal de muchas propuestas no caía en las habituales reivindicaciones, sino que podía servir para ver cómo la naturaleza retomaba una casa de abejas suiza, como realiza Sandra Knecht.
En efecto, la atención del espectador puede llevar a descubrir el cuidado como forma de hacer mundo, de forma sutil o más evidente, como en la vistosa instalación de Guadalupe Rosales, las ondas sísmicas en la pieza de Nolan Oswald Dennis, los restos arqueológicos de Joana Hadjithomas y Khalil Joreige y, sobre todo, la instalación de Laurie Anderson, la fantástica pieza de Carrie Schneider dedicada a ‘La Jetée’ de Chris Marker y la central instalación de Alfredo Jaar sobre los minerales que mueven la economía y la tecnología. También hay diálogos que buscan las correspondencias, como los de Himali Singh Soin y David Soin Tappeser; u otros más improbables, como la tabla de las sesiones espiritistas de Hagar Ophir.
Al final, todo es una gran trama, en la que el ritmo no se acopla al espectador medio de la Bienal y donde no hay sensación de encaminarse a ningún sitio. Esa indefinición por momentos puede volverse necesario consuelo, pero favorece más la con-fusión que un tejido con una forma definida.

Carrie Schneider. Foto: Pedro Medina
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