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Bienal de Venecia 2026 V: ecosistema cultural

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Autor: Pedro Medina
MAYO/2026

La Bienal no puede entenderse como un hecho aislado de la ciudad, sino como parte integrante y activante de procesos culturales que engloban toda la urbe y su vida cultural.

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Performance en el Pabellón del País Vasco. Foto: Pedro Medina

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Desde 2017, con motivo del proyecto “Ciutat de vacances” he escrito con frecuencia sobre el sistema cultural de Venecia. Todos estamos horrorizados viendo cómo crece el turismo de masas –aunque somos parte de él– y, sobre todo, porque ello conlleva la desnaturalización de lugares maravillosos como Venecia. Sin embargo, es difícil pensar cómo mantener los tesoros de este lugar de fantasía solo con recursos públicos. Esto no implica rendirse a la venta del lugar –que es la tendencia que parece dominar hoy–, sino pensar el sistema en su conjunto para no perder la esencia ciudadana y una historia fascinante.

Aun así, es significativa la anécdota que ya he contado otras veces cuando una señora estadounidense le preguntó al ‘controllore’ del vaporetto: “¿a qué hora cierra Venecia?”. En eso se ha convertido esta ciudad, que para personajes como Marco Polo o escritores como Italo Calvino era un lugar desde el que representar el mundo y desde el que conectar Oriente y Occidente.

Ahí reside su atractivo y por ello en todas las bienales aparecen reclamos artísticos en muchos de sus palacios. Entre el descomunal listado de pabellones y eventos paralelos de la Bienal, destaco los siguientes: a la habitual presencia en los eventos colaterales de Cataluña, este año ha llamado la atención la puesta en escena del País Vasco, precisamente recordando el ambiente de hace 50 años, justo el que echaba de menos en la parte III al hablar de la historia de España en la Bienal, y que invalida posicionamientos sofistas que se han escuchado durante estos días. Siempre es un lugar privilegiado desde el que difundir internacionalmente la voz.

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Pabellón de Cuba. Foto: Pedro Medina

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También ha habido debuts llamativos, como el de Nauru, el pequeño Estado insular, además de otros pabellones repartidos por la ciudad que habían hecho mucho ruido, sobre todo tras el éxito de años pasados, como es el caso del Pabellón del Vaticano. En la línea sonora de esta edición, tienen en programa a músicos como Brian Eno o Patti Smith; sin embargo, cuando no están estas figuras, queda un pabellón raro, que va de luces a lo Dan Flavin a la exposición de libros antiguos con vídeos con muy dudoso gusto gráfico.

Sí que son, en cambio, sorpresas agradables algunas exposiciones como la reflexión cartográfica desarrollada en el Pabellón de Arabia Saudí, el Pabellón de Cuba con Roberto Diago, ‘Elegy’, de Gabrielle Goliath, ‘Tide of Return’ en Ocean Space (en la iglesia de San Lorenzo) y, sobre todo, un año más la puesta en escena de la Fundación In Between Art Films. Sin olvidar el homenaje que el IUAV ha hecho a Antoni Muntadas después de 20 años enseñando en sus aulas.

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Entrada a las proyecciones propuestas por la Fundación In Between Art Films. Foto: Pedro Medina

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Son algunas de las propuestas que se suman a la descomunal oferta de los maravillosos museos venecianos y también de las grandes fundaciones, que acaparan gran parte del protagonismo con artistas como Arthur Jafa, Richard Prince, Hans Hartung, Lorna Simpson, Michael Armitage…

Este proceso de “fundacionalización” de la ciudad no es nuevo, contando con varias fundaciones históricas: del Museo Peggy Guggenheim a tantas otras como la Querini Stampalia o la Bevilacqua La Masa. Si bien hay que reconocer que el desembarco de la Colección Pinault en la isla fue un punto de inflexión, con la compra de Palazzo Grassi (sede símbolo de la familia Agnelli) y la apertura de la Punta della Dogana, con la rehabilitación de Tadao Ando.

A partir de ahí, todos los años se han ido anunciado otras: Prada, Vuitton, Sandretto, Berggruen… también la de artistas como Vedova y Kapoor… y así un largo elenco al que todos los años se suman 3 o 4 más. Este año la más llamativa ha sido la de Dries van Noten.

Por otro lado, están los patrocinadores o anuncios publicitarios en andamios que hubo épocas que duraban años, o ahora Bvlgari para la Bienal. En efecto, otro riesgo que se corre es que muchos palacios y algunos museos se acaben convirtiendo en lugares en alquiler para tener una sede vistosa. Y por no hablar de la proliferación de galerías y salas de subastas, o incluso el uso de Christie’s de palacios míticos como Ca’ Dario.

Por ello, hace falta examinar la oferta cultural en relación con un espacio tan fascinante como el veneciano, para entender si seguimos hablando de una ciudad o de un lujoso parque de atracciones cultural. 

Habría que activar esa “responsabilidad” que reclamaba Roland Barthes al disertar sobre el turismo de masas, pues hay que considerar la «irresponsabilidad ética del turista» frente a un ciudadano que se mueve según normas y que se debe al lugar en el que vive.

Y es ahí donde reside de nuevo la esperanza, viendo cómo la ciudadanía menguante de la ciudad también ha reaccionado a desembarcos horteras, como fue la boda de Bezos, y en estos días con el apoyo a Gaza, como prueba de compromiso ético que se niega a la normalización de un genocidio.

Mientras se mantenga este fuego, no se consumará la “disneyzación” de la ciudad. Venecia conoce muy bien qué significa “resistencia” y entender la realidad bajo la metáfora de un “viaje” continuo, pues es la que navega desde la noche de los tiempos, como bien contaba Tiziano Scarpa. Por ello, esperemos que siga sirviendo para imaginar otra realidad, indicándonos el camino para proyectar horizontes, formales y sociales, que nos permitan divisar futuros aún habitables. 

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Manifestación durante la vernissage de la Bienal

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