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Bienal de Venecia 2026 III:pabellones nacionales y artwashing

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Autor: Pedro Medina
MAYO/2026

Éticas y estéticas en la Bienal de Venecia 2026.

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Pabellón de Qatar. Foto: Pedro Medina

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La falta de un argumento concreto ha provocado que este año los pabellones nacionales no se presenten como perspectivas de un conjunto más o menos unitario, como había ocurrido en las dos ediciones anteriores y como suele ser habitual en las bienales de arquitectura.

Ello ha provocado que las propuestas de los pabellones tradicionales, situados en los Giardini, hayan sido de lo más variado. Las más llamativas han sido las más bizarras, como Austria con su mujer-badajo y cuerpos en un acuario con orina, Dinamarca con sus contenedores de semen, o Japón, que ha poblado la Bienal de devotos “padres” con muñecos-bebé de siete kilos. 

También ha habido diversión en Qatar con la comida, proyecciones y performances organizadas, entre otros, por Rirkrit Tiravanija.

Por otro lado, proyectos que han trabajado con el lugar y con realidades sociales de su país, como el pabellón de Alemania, que se ha transformado en un trampantojo de un complejo socialista de Berlín Este para trabajadores vietnamitas; recordemos ya su condición de pioneros, como cuando lo protagonizaron artistas de otras naciones, como Nam June Paik, o la presencia en este espacio de todos los residuos generados por los otros pabellones en la edición de hace tres años.

También son impactantes los cantos de ballenas y los coros de sordos en Polonia.

Algunas propuestas de archivo también están presentes, aunque menos que otros años: de las prospecciones del Mar Negro en Rumanía, a un friso de un momento histórico a través de documentos impresos de varios países en Serbia, o el archivo más personal y visualmente impactante de España.

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Pabellón de Alemania. Foto: Pedro Medina

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Pero lo más importante: estaba Israel cerrado -pero con su artista disimulado en la sección oficial-, Estados Unidos prácticamente vacío y Rusia como una discoteca a la que ir a emborracharse.

Estos últimos casos dejan en segundo plano todas las otras propuestas, planteando en su conjunto dos primeras cuestiones:

- ¿Hasta qué punto las propuestas nacionales han escenificado propuestas formalmente interesantes y pertinentes para el lugar en el que están?

- ¿Las estéticas deben hablar y actuar políticamente sobre nuestro presente o quedan reducidas a excepcionales campos de contemplación y consuelo fuera de lo cotidiano?

De estas dos se deduciría una tercera: ¿se ha agotado el modelo de la Bienal?

Respecto a la primera pregunta, podríamos discutir horas, pero creo que cabría una consideración: una exposición que no dialoga con el lugar en el que está (la arquitectura y la historia de pabellones históricos; la propia Bienal o una de las ciudades-mundo más fascinantes como es Venecia) y que podrías llevártela tal cual a otro lugar con las mismas dimensiones, ¿merece estar en la Bienal o estaría mejor en cualquier museo? Asimismo, una propuesta que no nos habla de nuestro mundo, para aportar perspectivas sobre el mismo, ¿tiene algún interés?

La segunda cuestión es la verdaderamente relevante: la Bienal es uno de los escaparates más internacionales del mundo, es decir, la presencia en el mismo de un país condenado internacionalmente lo normaliza a los ojos de muchos. Este proceso de “artwashing” ya se ha dado en el pasado para países autoritarios y donde los derechos civiles no están presentes, pero este año se ha vuelto a admitir a un país con el que se está en guerra y se pretendía tratar con normalidad -dentro de la falta de condena aún de muchos países occidentales- a un país que está ejecutando un genocidio.

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Pabellón de Holanda durante la huelga producida durante la vernissage. Foto: Pedro Medina

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El Presidente de la Bienal ha acudido a una de las palabras más desgastadas de los últimos tiempos: “libertad”, sumándose a la idea de no politizar un evento cultural. Quedan entonces muchas preguntas: ¿la condición artística suspende la condición de ciudadanos de todos los que la crean?, ¿la estética es una esfera aparte del mundo?, ¿no es político un evento como la Bienal de Venecia que se formó en 1895 como una competición entre Estados-nación?, ¿el “artwashing” no es política con glamour?, ¿la presencia de Salvini apoyando el pabellón de Rusia no es política?…

Reducir el arte a esta condición es algo que ya advirtió Th.W. Adorno al analizar cómo la emancipación del arte adquirida a lo largo de la historia, captando su esencia (su concepto), conlleva su pérdida de evidencia (uso). Nos distrae, nos reconcilia, pero eso lo desarma para transformar la realidad. Y el momento actual necesita justo lo contrario.

Por cierto, habría que recordar que hace 50 años hubo un pabellón alternativo al Pabellón de España dentro de la sección oficial: “España. Vanguardia artística y realidad social: 1936-1976”. La reacción de la Bienal de Venecia a los últimos ajusticiamientos del franquismo fue no invitar al Estado español, que permaneció cerrado, cediendo parte del pabellón central de los Giardini a esta exposición, que contó con artistas como Antoni Tàpies o el Equipo Crónica y con críticos e historiadores como Tomás Llorens y Valeriano Bozal.

La dimisión este año del jurado, la reacción de mucha prensa, sobre todo de los artistas y de muchos pabellones denunciando lo ocurrido no es más que una reacción ética para no ser cómplices de países responsables de violaciones sistemáticas del derecho internacional. Al respecto, también hay que señalar que no todo el mundo hizo huelga del mismo modo: la mayoría de los países lo hizo por iniciativa propia, pero otros, como Gran Bretaña, lo hizo no por apoyo, sino porque sus trabajadores hicieron huelga, o España, que lo hizo tarde (5 horas más tarde que el resto) y no sin cierto escándalo, lo que extraña, siendo como es conocida la posición de su gobierno al respecto.

Un modelo cultural como la Bienal hace tiempo que se pone en cuestión, justo por estar basado en Estados-nación, y ahora lo ha puesto en el punto de mira su presidente por su torpeza y su sumisión a los intereses de poderosos. No obstante, también cabría como pregunta: ¿no es este conflicto el reflejo de las tensiones de este mundo? A lo mejor, la Bienal sí puede seguir siendo un lugar desde el que observar nuestra contemporaneidad.

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Pabellón de España. Foto: Pedro Medina

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