Sonia Navarro: 'Fronteras y territorios'
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Autor: Pedro Medina
12/12/2025
Exposición de la artista española Sonia Navarro en la Sala Alcalá 31 de Madrid.

Vista general de la exposición en la Sala Alcalá 31. Foto: Pedro Medina
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Inolvidable exposición individual de Sonia Navarro, que fascina por su delicadeza y monumentalidad, que invita a diversas lecturas.
En primer lugar, es interesante la conexión con lo “atávico” señalada por mi admirado Luis Francisco Pérez. Esto la conecta con los “antepasados”, mientras activa una reflexión frente a la tradición heredada y la costumbre.
En efecto, esto nos conectaría con un ‘ethos’ y un ‘habitus’. ‘Ethos’ como ética y como costumbre, porque la conducta se funda y crea en la costumbre, en el hábito, invitando a una reflexión sobre aquello que heredamos y compartimos, precisamente por el hecho de vivir dentro de un colectivo.
Esto nos lleva a recordar el concepto de ‘habitus’ en Bourdieu, con el que explicaba la pervivencia de las estructuras sociales, recordando aquel dicho de Pascal: «La costumbre hace la autoridad». Por tanto, estos estudios ponen de relieve que el ‘habitus’ –por medio de intercambios afectivos, intelectuales y sociales– está al servicio de la estabilidad y continuidad del sistema heredado, siendo cada ‘habitus’ individual una variante de uno colectivo.

Vista general de la exposición en la Sala Alcalá 31. Foto: Pedro Medina
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Luis Francisco apuesta por entender la bella obra de Sonia Navarro dentro de una perspectiva política o crítica. No puedo estar más de acuerdo, porque sus obras pueden transmitir que algo nuevo siempre es posible o, si no es totalmente nuevo –no es lo relevante–, puede generar un acontecimiento que cambie la ruta de lo que acontecerá después. Por tanto, se defiende una concepción plástica del hábito, es decir, se pueden cambiar las costumbres.
Para empezar, Sonia Navarro comienza por el reconocimiento salarial de las artesanas, que cuida por encima de todas las cosas, pero –y de ahí las diferentes lecturas de las que hablaba– no se agota panfletariamente en una reivindicación concreta. De hecho, las significativas citas que revelan un contenido feminista se descubren con sutileza en la exposición, al mismo tiempo que aparecen también otros homenajes.
El primero de ellos a su hermano Marcos, incapacitado para caminar por culpa de un accidente cuando era pequeño, y que ha determinado su obra, apareciendo en la misma e incluso colocando una obra a su altura en la planta baja.
Sin duda, a las artesanas que colaboran con ella en sus espartos, lanas, fieltros, jarapas, cauchos… pero incluso en su forma de colaborar. Un ejemplo de ello es la imponente pieza de entrada, elaborada para los Paralelos de la Manifesta celebrada en la Región de Murcia, en la que colaboraron tejedoras murcianas con otras marroquíes.
E incluso a la historia del arte, como esas piezas en tonos calientes al final de los dos pasillos de la planta superior o los destellos de Zurbarán.

Comparación con Zurbarán. Foto: Pedro Medina
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Ello nos descubre no solo más estratos de interpretación de una obra rica en matices, sino también una evolución continua, de la que son una espléndida prueba las últimas piezas en caucho y fieltro en las que encontramos referencias a la única talabartera de Puerto Lumbreras y también a Beuys.
Por ello, podemos hablar de una “poesía artística” –como bien define Luis Francisco–, pero también de una privilegiada perspectiva para hablar hoy de una conjunción lograda de éticas y estéticas, sin caer en los documentalismos de otras ocasiones.
Se trata de un carácter poético que recuerda que ‘poiesis’ es la capacidad para crear formas cuando nos topamos con fenómenos que el lenguaje lógico o meramente descriptivo no logra aferrar.
Reivindicar el carácter poético de su obra implica recurrir a la poiesis como facultad para instaurar nuevos significados respecto a las prácticas de un mundo meramente material, convirtiéndose en imágenes de un universo personal, propio, orientado a la emoción y la justicia. Dentro de esta atmósfera, cabe señalar cómo las imágenes creadas se llaman entre sí, descubriéndose en ellas vínculos inéditos o incluso “trayectos de pensamiento” –que diría Georges Didi-Huberman.

Vista general de la exposición en la Sala Alcalá 31. Foto: Pedro Medina
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Su eficacia fue evidente al comprobar los testimonios de las espectadoras, que, emocionadas, paraban a Sonia mientras recorríamos la exposición. Fueron momentos de suma emoción y comunión con las espectadoras, favorecidos por la infinita amabilidad de Sonia, pero también por el destello de entusiasmo de los ojos de muchas de las participantes.
Este es el clima que permite que se pueda cambiar el ‘habitus’, y de ahí también el carácter político, oponiéndose, con elegancia y alta capacidad comunicativa, al poder instituido. Sus obras podrían entenderse entones como la aspiración a transformarla el orden establecido, manifestándose en ellas esa “estética de la resistencia” contra lo constituido que reivindicaba Susan Sontag. Reconocerlo implica entender sus obras como un instrumento para detectar los problemas de una época y para trabajar en una nueva sensibilidad crítica, para activar una producción de sentido, además de procesos de construcción de lo cotidiano y de lo común.
Desde esta perspectiva, podemos entender la obra de Sonia Navarro como un “dispositivo crítico” que funda una vía diferente al poder arraigado en valores y estructuras insostenibles. Provoca que aspiremos a un nuevo tiempo, que se forjará no en la transformación directa del mundo, sino en la capacidad simbólica de sus obras para renovar conciencias, incidiendo en los modos de ver para cambiar los modos de actuar sobre nuestra realidad. Su obra se percibe entonces como “semillas”, que se nutren con el deseo de justicia y el aliento de comunidad, siendo sus frutos los que aportarán amparo allí donde antes había naufragio y ahora brilla la esperanza.

Vista general de la exposición en la Sala Alcalá 31. Foto: Pedro Medina
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